miércoles, 28 de abril de 2010

No estoy, no te preocupes.

Lamento no llamar, no escribir, no explicar.  Lamento haber desaparecido así, huyendo cual ladrón y hundiéndome como topo. Pero… no quería perder tu mirada. Tus ojos parecían encontrar algo grande y fuerte en mí, sentí que debía cuidarte y hacerte creer por siempre que la de la madurez aquí era yo.

Ya te conté la verdad, ya te dije lo que pasa, te expliqué qué me controla. Me costó mucho trabajo ¿sabes?, no me gusta ser la víctima, no me gustan las miradas compadecidas ni de excesiva comprensión. Me gusta ser quien conociste, la persona que a veces soy: la que puede fingir que nada le asusta, la que nunca llora, la que aparenta ser de piedra, la que controla sus emociones, la que encuentra todas las respuestas, la que tiene todo en orden, la que estudia mucho, quien te pone atención, la que se sienta junto a ti en cada salón.

Sé que me quieres, que te hago falta, y que sólo yo soporto a la pequeña. Pero debes perdonarme, a veces me asfixio, no entiendo, no siento, entonces me aislo pues no quiero que descubras o preguntes qué piensa mi mente ida, o dónde está mi mirada perdida porque no querré contestar, no sabré más las respuestas ni podré escucharte hablar.

Ya pasará, te lo prometo.

Te quiero, te quiero mucho.
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