viernes, 30 de julio de 2010

Yo he besado a un cadáver

 La sentí fría, muerta. No era ella, tan sólo su cuerpo.
Dudo olvidar aquel aroma a fruta descompuesta que emanaba de su piel semanas antes de fallecer. Quizá olvide su voz, su cara, sus palabras y sus ojos, pero jamás ese olor que penetró en mi nariz con más fuerza que el formol.

La recuerdo hiperactiva, haciendo mil cosas aún sin vista, con las manos temblorosas y el dolor al caminar. Tenía miedo de sentirse inútil. No importó que hiciera salsa verde con limones en lugar de tomates, ni que tomara la cuchara del agua para hacer guisados, ella debía seguir actuando.

Ahora tengo miedo por mi madre, mi Ishita hormiga que hace mil cosas en el día.

Le temo a tus años
a tus gritos, a tus llantos.
Tengo miedo de que se acabe tu vista,
de que tu voz envejezca
y tu cabello encanezca.

No quiero ver cuando dejes de bailar,
o que a tus nietos no puedas cargar.

¿Me dejarás cuidarte?
quiero atar tus zapatos,
abotonarte la ropa,
acomodarte los cuellos,
sobar tu espalda...
besar tu cara.
Quiero hablar contigo sobre esas locuras e ideas liberales que no nos atrevemos a volver realidad.
Quiero que la edad no te caiga encima antes de poder llevarte por el mundo de mi mano.
Quiero mami que te quedes conmigo, que nunca me dejes, que leas lo que escribo.
Pero aún no te canses, camina conmigo
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